Estudiantes, celulares y cuotas de la UNAM

Suelo escribir en las redes sociales y mis comentarios tienden a pasan inadvertidos; sin embargo, no sucedió lo mismo con el siguiente post:”Estudiantes con celulares inteligentes que se forman en caja de la FES para pagar menos de $100 de colegiatura del semestre #Prioridades“. Sólo describí las prioridades que tienen los jóvenes, pero mi texto trajo a la mesa temas claves de nuestra realidad.

Mi maestra de yoga me escribió que “está clara la #prioridad y siento informarte que no es la de aportar más a la institución educativa”. Sin duda, hay diferentes prioridades en los jóvenes.

Me preguntaron en redes sociales: “¿por qué debería ser prioridad para un estudiante pagar por un servicio al cual ya se ganó el derecho de acceso sea por examen de admisión o pase automático?

De ahí se desprendió que otro comentario de que si considero un lujo tener un teléfono celular inteligente, que la mayoría de jóvenes que van en el metro usan, entonces “es que vives en 1993“, cuando esos aparatos eran lujosos (aparte de que ni existían).

Mi idea tiene muchas aristas que van más allá de las prioridades de los jóvenes y apuntan a cuestiones de la sociedad en la que vivimos, entre ellas, la creencia de que no tienes que aportar para mantener un derecho que ya tienes ganado. Eso deja todo el esfuerzo en quien financia ese derecho adquirido (sea el Estado o sus padres, en otro nivel) y libera al beneficiado de obligaciones.

En ese sentido, la UNAM está lejos de ser capaz de satisfacer satisfactoriamente la educación superior que imparte. En el caso de mi facultad donde imparto clases, no se tienen condiciones que permitan disponer de computadoras y retroproyectores en cada una de sus aulas; mis alumnos tienen que ir por el cañón cada vez que exponen una presentación; se pierden minutos de clase mientras les prestan el aparato en la jefatura y logran echar a andar el aparato, asumiendo que la laptop que llevan es compatible. A veces, han tenido que hacer la exposición prescindiendo de la presentación.

Otro aspecto en el cual se ve la insuficiencia de recursos es el salario que se paga a los profesores: la inmensa mayoría de los maestros que damos clase somos de asignatura y renovamos contrato cada semestre (muy pocos maestros tienen plaza definitiva); en la medida en que la chamba principal está en otro lado, se limita el tiempo que los maestros pueden preparar sus clases.

Aparte, coincido que no es un lujo poseer un “smartphone” (al cual hay que sumar el pago de algún plan de datos para que sea útil realmente); al contrario, es una necesidad.

No vivo en 1993; al contrario, estoy convencido de que los teléfonos inteligentes podrían ser un aliado formidable para subsanar esta deficiencia en equipos de cómputo. Este año impulsé que los alumnos tuvieran uno; creé grupos en Whatsapp para estar en contacto con ellos y compartir información de la clase; fue un intento bueno, pero no completamente satisfactorio. Seguiré explorando cómo se puede mejorar el uso académico de los celulares.

Si se deja todo el peso de financiar la educación en el Estado, es claro que tenderá a ser insuficiente lo que el mismo aporta: el financimiento público a la UNAM se ha mantenido, afortunadamente, pero es muy probable que parte significativa del mismo se va en gasto fijo, en el cual, aparte de gastos de mantenimiento, los sueldos y los salarios son parte fundamental. No queda mucho dinero para invertir en otros rubros.

El punto que subyace en todo esto es que la clase política en México ha marcado en el imaginario colectivo nacional la idea de que hay derechos adquiridos que ya nos ganamos y que no tenemos por qué aportar algo a cambio. Yo creo que es una visión equivocada. Yo doy clases en la UNAM como una forma de retribuir a la institución lo que invirtió en mi formación que considero fue sólida y la mejor que pude haber recibido. Aparte, dono una mínima parte de mi salario para que haya becas para alumnos.

Al final, me queda la idea de que los alumnos de la UNAM reciben la educación que están dispuestos a pagar.